El autobús pisó la pata del pastor alemán

y este chilló.

Una y otra vez.

El autobús late

con excitación

y dentro a los viajeros se nos levanta

y se nos retuerce

el estómago.

 

El pastor alemán sigue llorando,

y mis oidos chirrían.

 

La acera es la orilla de la tempestad,

el ruido crece bien alimentado por doquier,

la señora de la mercería lo riega dos veces al día.

 

Una ventana al sol es un balcón de suciedad,

la nada engulle a la velocidad del ruido.

Sin saberlo ya estás dentro,

más insignificante aún como para configurar la nada,

puesto que la nada carece de componentes.

Soy sólo un alma barata

que sube a autobuses

y deshilvana tapices,

como todos.

 

Nuestras armas,

los apuntes.

¿Es que nadie más piensa en el pastor alemán?

¿Nadie va a limpiar la mugre en el balcón?

 

Tampoco Adela es una rareza,

es tan común

que en cada patio hay al menos enterrada una.

 

Nuestros huesos saben tanto como el de la gente acostada

bajo nuestros pies.

Nosotros tampoco somos higiénicos,

Ni sentimos más que ellos.

Bebemos más café,

conducimos coches más potentes,

consumimos orgullosos cultura.

Nos acostamos igual de solos,

nos levantamos igual de cansados.